sabato 2 maggio 2020

La victoria sobre la muerte

“Nuestro Señor, pisoteado por la muerte, la holló luego en desquite, como quien pisa con sus pies el polvo del camino. Se sometió a la muerte y la aceptó voluntariamente, para vencer así la resistencia de la muerte. Salió nuestro Señor llevando la cruz, sometiéndose a las exigencias de la muerte; pero luego clamó en la cruz y sacó a los muertos de la región de las sombras, contra la voluntad de la muerte.
La muerte sometió al Señor a través del cuerpo humano que él tenía; pero él, valiéndose de esta misma arma, venció a su vez a la muerte. La divinidad, oculta tras el velo de la humanidad, pudo acercarse a la muerte, la cual, al matar, fue muerta ella misma. La muerte destruyó la vida natural, pero fue luego destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.
Como la muerte no podía devorar al Señor si éste no hubiese tenido un cuerpo, ni la región de los muertos hubiese podido tragarlo si no hubiese tenido carne humana, por eso vino al seno de la Virgen, para tomar ahí el vehículo que había de transportarlo a la región de los muertos. Allí penetró con el cuerpo que había asumido, arrebató sus riquezas y se apoderó de sus tesoros.
Llegóse a Eva, la madre de todos los vivientes. Ella es la viña cuya cerca había abierto la muerte, valiéndose de las propias manos de Eva, para gustar sus frutos; desde entonces Eva, la madre de todos los vivientes, se convirtió en causa de muerte para todos los vivientes.
Floreció luego María, nueva viña en sustitución de la antigua, y en ella habitó Cristo, la nueva vida, para que al acercarse confiadamente la muerte, en su continua costumbre de devorar, encontrara escondida allí, en un fruto mortal, a la vida, destructora de la muerte. Y la muerte, habiendo engullido dicho fruto sin ningún temor, liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.
El eximio hijo del carpintero, al levantar su cruz sobre las moradas de la muerte, que todo lo engullían, trasladó al género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, alcanzó la mansión de la vida por otro árbol, el de la cruz. Y, así, en el mismo árbol que contenía el fruto amargo fue aplicado un injerto dulce, para que reconozcamos el poder de aquel a quien ninguna creatura puede resistir.
A ti sea la gloria, que colocaste tu cruz como un puente sobre la muerte, para que, a través de él pasasen las almas desde la región de los muertos a la región de la vida.
A ti sea la gloria, que te revestiste de un cuerpo humano y mortal, y lo convertiste en fuente de vida para todos los mortales.
Tú vives, ciertamente; pues los que te dieron muerte hicieron con tu vida como los agricultores, esto es, la sembraron bajo tierra como el trigo, para que luego volviera a surgir de ella acompañada de otros muchos.
Venid, ofrezcamos el sacrificio grande y universal de nuestro amor, tributemos cánticos y oraciones sin medida al que ofreció su cruz como sacrificio a Dios, para enriquecernos con ella a todos nosotros”. 

Este es uno de los discursos pascuales más bellos jamás escritos. Es de San Efrén, diácono sirio, doctor de la Iglesia. Los juegos de palabras, las imágenes en contraposición no son retóricas, aunque tengan una gran calidad desde el punto de vista literario. Algunas ideas son particularmente significativas. Me detengo en ellas brevemente.
Jesús no habría podido derrotar a la muerte si no hubiera tenido un cuerpo. He aquí la sacralidad del cuerpo humano a los ojos De Dios. San Efrén nos dice, en una imagen de enorme eficacia, que Jesús vence a la muerte con el arma del cuerpo, la misma que utiliza la muerte para aniquilarnos. La Resurrección no es el logro de una espiritualización a-corporal de la persona, sino la plenitud de un cuerpo nuevo totalmente transfigurado y espiritualizado, pero siempre cuerpo.
La ironía del plan de Dios consiste en hacer que la muerte muera matando. Esto es muy de la visión joánica de la Revelación. Pero nada de ello hubiera sido posible sin la encarnación, crucifixión y muerte de Cristo. Es Él quien, aceptando la muerte, la arrastra a morir ella misma.
Jesús recibe su cuerpo de María, “la nueva viña en sustitución de la antigua” (Eva). A ella se acerca “confiadamente la muerte”, sin darse cuenta de que atacando habría liberado la vida, porque en María se escondía ya una nueva corporeidad, totalmente divinizada. .
El leño de la cruz se convierte, con el sacrificio de Cristo, en el puente a través del cual transitamos de la muerte a la vida. Jesús ha transformado todo sufrimiento en amor y nos invita a nosotros a hacer lo mismo, atravesando el puente de la Cruz.
No terminaremos nunca de agradecerle al Padre la misión del Hijo que nos ganó una vida nueva, plena y eterna, que podemos comenzar a experimentar ya desde ahora.

venerdì 1 maggio 2020

Semana Mundo Unido

Acabo de seguir el loading de los jóvenes del Movimiento desde Loppiano para la jornada del 1 de mayo. Ha sido una hora fantástica, fuerte en los contenidos, atrayente visualmente y tocante desde el punto de vista testimonial.

         Este año hemos querido convertir esta recurrencia anual en un acontecimiento que convocara a todo el Movimiento, sin por ello quitar protagonismo a los jóvenes. Por el momento, el arranque ha sido excepcional. 

         Ayer, en un momento de comunión con los principales actores y directores del evento, quise comunicarles un mensaje que trato ahora de resumir aquí.

         A mi modo de ver, eventos como éste son una experiencia singular y anticipatoria de “Ut Omnes”. Como sabemos, el “Ut Omnes” es el gran “programa” de Jesús para la humanidad. En cuanto tal, se trata de una realidad escatológica que tendrá su cumplimiento al final de la historia, algo que no está a la altura de nuestra mente ponderar, y menos que menos en nuestras manos realizar. Lo que sí está a nuestro alcance, siempre con la ayuda de la gracia, es provocar pequeñas o breves experiencias que lo anticipen, lo preparen, sobre todo porque Cristo Resucitado, que contiene en su nueva condición de tal el tiempo y el espacio, presiona en esa dirección que conduce a la plenitud. Esta Semana Mundo Unido y el Run for Unity de los jóvenes y adolescentes del Movimiento de los Focolares adquiere está dimensión “Ut Omnes” con una marcada actualidad y con inusitada intensidad.

         El Libro del Apocalipsis, que leemos especialmente en el tiempo de Pascua, ilumina fuertemente esta visión. En estos días, me ha impresionado lo que dice en el capítulo 7: «Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. […] Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido”. Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero”» (9. 13-14). Nosotros, los que seguiremos durante la semana este evento a través de internet, no seremos esa muchedumbre escatológica de la que habla el Libro de la Revelación, pero sí una multitud inmensa, de toda nación, razas y lenguas; también nosotros venimos de la gran tribulación que vive la humanidad del Covid-19; junto a nosotros estarán todos aquellos que, sin saber siquiera del evento, están dando la vida y se suman a las huestes del bien y de la gratuidad; en esto estamos más unidos de lo que sospechamos. Y, desde luego, junto a nosotros estarán además todos los que han partido en medio del dolor, quizás ofreciendo su vida. 

              Este año, la SMU y el R4U no pueden no estar connotados por la tribulación. Incluso en eso suponen un jalón en el transcurrir de la historia hacia su final que, como dice el Apocalipsis, incluye el sufrimiento y la muerte. Lo fundamental es haber blanqueado nuestras vestiduras con la sangre del Cordero, esto es, habernos dejado redimir y transformar por su amor. No todos lo harán, porque, supuesto el misterio de la libertad humana, el “omnes” del Ut Omnes no serán todos. En realidad, no lo sabemos. Lo único cierto es la tribulación que nos acongoja en el presente, el llamado al amor que recibimos en cada momento y la posibilidad de compartirlo con una multitud de gente a nivel global

mercoledì 29 aprile 2020

“Venid a mí”

“Venid  a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, dice Jesús (Mt 11,28).
Todas las veces que he leído este versículo del evangelio de Mateo me he fijado en lo de “cansados y agobiados”, seguramente porque esto es lo que me más interpelaba en lo vivo. Esta vez, sin embargo, me ha impactado eso de “venid a mí”. Nunca como ahora me había dejado conmover por la ternura con la que Jesús se dirige a nosotros: “venid a mí”, “estoy aquí dispuesto a sanar tu dolor, que es mío porque ya me lo he cargado a las espaldas y lo he transformado en amor, un amor que quiero ahora verter en tu corazón quebrantado, cansado, angustiado. Aquí estoy, sólo tienes que tomar la decisión de venir a esta fuente de misericordia infinita que es mi corazón; yo te haré sentir la ternura del Padre y el aliento restaurador del Espíritu. Ven a mí, no esperes más”.
Cada uno de nosotros podría decir esto mismo frente al hermano que sufre: “ven a mí que quiero hacer mío tu dolor, que quiero compartirlo para juntos ofrecérselo al Padre”. Lo podemos hacer porque nuestra vocación como cristianos es actualizar en nuestra vida los gestos y las palabras de Jesús, ciertamente a nuestra medida. Pienso en la cantidad de gente que en estos días, en esta misma hora, le está diciendo a un enfermo, casi siempre desconocido, con el que no le une ningún lazo de parentesco o amistad: “ven a mí que voy a hacer lo posible por aliviar tu sufrimiento”. Hace un rato hablé con una persona que ayer pasó un mal rato a causa de una repentina bajada de presión y unos dolores intestinales. No es una persona precisamente joven de edad. Cuando la llamé, su médico de cabecera, con el que había hablado por teléfono el día anterior, se estaba despidiendo después de haberse presentado en la casa sin avisar. Nadie lo había llamado, vino él solo, por iniciativa propia. Estos son los Jesús de hoy que se pasan el día diciéndole a la gente que sufre: “ven a mí”.

El gran sacerdote y pensador jesuita, F. Varillón, tenía un lema de vida que a menudo me repito a mí mismo: “una mano sobre la belleza del mundo, la otra mano sobre el dolor del mundo, y los dos pies sobre el deber del momento presente”. ¡Cuánta verdad y cuánta actualidad en estas sencillas palabras! Hoy en día no se puede vivir una vida éticamente digna sin poner una mano sobre el dolor del mundo. No se trata de hacer actos heroicos. De hecho, Varillón habla de tener los pies anclados en nuestro deber del momento presente. Por lo tanto, tenemos que seguir haciendo lo que debemos hacer, pero con una mano sobre el dolor del mundo. Cada cual tiene que encontrar las formas y los tiempos. Llegará el momento en el cual nos podremos comprometer con las transformaciones necesarias que habrá que poner en marcha para ir al encuentro del dolor del mundo a la grande. Entonces, nuestra mano formará junto a tantas otras, millones de manos, una solo mano sobre el dolor del mundo. Pero siempre sin descuidar el deber proprio, para no caer en ideologías estériles.
Y cuando se tiene tendida una mando sobre el dolor del mundo, se descubre la auténtica belleza. La otra mano no tiene siquiera que buscarla, resplandece sola. Porque no hay nada más bello que el amor y éste encuentra su tierra fértil en el dolor consumado y ofrecido.

lunedì 27 aprile 2020

Cosas dispersas

Comunico hoy algunas cosas dispersas, sin aparente ilación, excepto la correspondencia que tienen con mi alma, con lo que vivo en este momento. 

         Estamos en el corazón de este tiempo de pascua. Las lecturas que la liturgia de la Iglesia propone (misa, liturgia de las horas) nos hablan de escatología, es decir, de un tiempo definitivo que ha comenzado a cumplirse en la historia. El libro del Apocalipsis que encontramos diariamente en el oficio de lectura de la liturgia de las horas es el texto escatológico por excelencia. De difícil interpretación, sin embargo se lee con gusto y te deja pensando. Lo que más me toca es esa suerte de confrontación con la verdad a la que nuestra vida está abocada inexorablemente y que traspasa el libro entero. Aquí la verdad no tiene nada que ver con algo especulativo, con postulados racionales. No se trata de eso, tan occidental, por lo demás. La verdad del apocalipsis es la verdad bíblica, el designio de Dios plenamente desvelado en la realidad del “cordero degollado”, el primero y el último, el que posee las llaves de la muerte y del infierno (Ap 1,17); él es el único digno de tomar el libro de la vida y de la historia y de abrir sus sellos (5,9). El vidente lloraba mucho porque no se encontraba a nadie capaz de abrir el libro (5,4). Las lágrimas del vidente son nuestras lágrimas frente al misterio del dolor y de la muerte, en definitiva, del mal. La luz no la encontraremos en una buena teoría o en el progreso de la ciencia, sino en la realidad de aquel que ha sido capaz de soportar el dolor y morir como nosotros. Él ha transformado el mal desde abajo, por decirlo de alguna manera, venciéndolo desde la kénosis (abajamiento) más absoluto, porque se trata del mismo Dios. Tanta gente, en estos días, se une al sacrificio del cordero inmolado por amor. Ellos se conectan con todos los perdedores de la historia, esos que son un grito vivo y de máxima elocuencia en contra de la prepotencia de los poderosos y los soberbios, en todos los órdenes de la vida. Toda esta visión, grandiosa y luminosa a la vez, me lleva a cultivar en mí la compasión (ya he dicho como la entiendo), a comprometerme aún más en la lucha contra el sufrimiento, el mal y la injusticia. 

         En la pasión según san Juan (cf el libro de Ignace de la Potterie, que ya he mencionado) hay elementos simbólicos importantes que se descubren en la escena final de la crucifixión en el Gólgota. Uno de ellos es la túnica sin costuras que se rifan los soldados. Representa, en la visión joánica, la unidad de la Iglesia. El diálogo de Jesús con su Madre y el discípulo amado, nos dice, por otra parte, qué es la Iglesia para Juan: la Iglesia es María, madre. En estos días, el papa ha hablado de esa actitud antropológica tan profunda del “prendersi cura”, del cuidar del otro, del hermano que está a nuestro lado. Se trata de una actitud vital para la cual la mujer está preparada particularmente en todo su ser. La Iglesia, que es madre, está llamada a este “prendersi cura” del hombre, y esa vocación la puede cumplir sólo si está unida, si es esa túnica sin costuras que Jesús vestía y que se rifaron los soldados en el Gólgota. 

         Alguien me ha mandado el mensaje del 25 de abril que llega desde Medjugorje. No importa la relación que tengamos con este lugar, ni estamos obligados a creer en las apariciones. A mí, en estos momentos, me han tocado estas palabras de la Virgen en el susodicho mensaje: «no permitáis que las pruebas os endurezcan el corazón y que la oración sea como un desierto». Es verdad que el dolor crudo e incomprensible de las pruebas puede endurecer nuestro corazón. Aunque en estos momentos no vivo esta experiencia, comprendo que pueda suceder. Que la oración se convierta en un desierto me parece una imagen llena de significado. La oración debe ser una relación llena de calor y afecto con el Altísimo, un campo florido de excelso perfume y de belleza inusitada en la variedad de sus colores. No siempre es así, sobre todo porque somos torpes en custodiarla. No dejaré que se convierta en un desierto. Hay aquí una bella tarea. 

domenica 26 aprile 2020

conversión

Un tiempo de gracia es también, debe serlo, un tiempo de conversión. A ello he aludido, de alguna manera, anteriormente; hoy quiero centrarme más en ello. 
         Veo que pasan los días, las semanas, desde que estamos recluidos en casa a causa de la pandemia y, como no podía ser menos, la rutina va apoderándose de nuestros sentimientos, de la voluntad, de la inteligencia, incluso de la vida del espíritu. Es por eso, que hoy me pregunto: ¿le estoy sacando todo el partido que debiera a este tiempo de dolor y gracia? 
         Recuerdo con claridad que cuando todo comenzó me hice un propósito serio de conversión a todo nivel: en la vida práctica, en la relación con Dios y en las relaciones con los demás, en el cuidado atento de una multitud de cosas que antes desatendía, de manera particular en el contacto con los más solos y desvalidos. 
         Y bien, ha pasado el tiempo y, si bien es verdad que algo ha cambiado en mí, a veces me invade la sensación de que una sutil inercia se ha ido instalando dentro con el riesgo de volver paulatinamente, inadvertidamente, a “lo de siempre”. 
         Conversión significa, por el contrario, transformación radical. Si nos fijamos por un momento en la palabra, comprobamos que ella está compuesta de un prefijo con (junto o completamente), más versus (vuelto, girado hacia) y el sufijo sion (acción, efecto). Convertirse, pues, implica el efecto activo de algo que nos hace girar completamente en una nueva dirección. Por eso, como decía, sabe a transformación que, obviamente, indica algo que permanece y no algo pasajero. Si la conversión no alcanza esa verdadera transformación, ese giro radical sin vuelta, entonces no es verdadera conversión. Cuando la rutina o la dejadez se posesiona de los primeros impulsos de cambio, quiere decir que la conversión era, en realidad, algo débil, sin raíces, más ficticio que real. 
         Eso es precisamente lo que me preocupa en esta fase de la reclusión. Al final, terminamos acostumbrándonos a todo, incluso a los muertos. Ahora, lo que nos importa es el comienzo de la fase 2, en la cual podremos volver a hacer un mínimo de vida normal. Y retomaremos nuestras mezquindades, nuestros pequeños proyectos, nuestras rencillas, etc. Será muy triste si esto se verificase de verdad. Significaría que no hemos sabido aprovechar la gracia de este kairós (tiempo oportuno, tiempo de Dios), que no hemos logrado transformar la desgracia en gracia (Giovanni Gucci, s.j.) 
         Por todo ello, lo decisivo, a mi entender, es reaccionar inmediatamente contra la insidia de la rutina y la complacencia. En esto, hace falta un poco de sano ascetismo, de renuncia. A menudo se ha pensado que el ascetismo es una suerte de estrategia de ataque contra la corporeidad. Nada más lejos de la verdad, desde luego en el cristianismo. El ascetismo cristiano no va contra la corporeidad, como si ésta fuese un peligro para la vida del espíritu; al contrario, va a favor de la corporeidad en vistas de que pueda cumplir adecuadamente su rol de personalización. El ascetismo, bien entendido, no reprime la corporeidad, antes bien, la libera. Por eso, la visión cristiana de la vida rechaza tanto el espiritualismo como el materialismo a ultranza. 
         En segundo lugar, es fundamental redoblar el compromiso concreto de amor al prójimo, con todas aquellas acciones, pequeñas o grandes, que la creatividad nos sugiera. En esto, es muy importante no dejar pasar las ocasiones, no procrastinar, no dejar para “luego”, un “luego” que suele no volver nunca. Esa llamada a quien sabemos que está mal físicamente o a un anciano conocido hay que hacerla enseguida. Ese mensaje a quien ha perdido un familiar no puede esperar. Ese email a esa persona que nos viene a la mente, de la cual no sabemos nada desde hace años, nos espera hoy, en este instante. Proximidad, cercanía, en la medida de lo posible. 
         Ahora, a raíz de esta pandemia, sabemos mejor como están las cosas en realidad. Esta no es la única crisis infectiva que la humanidad sufre. Hay muchas otras, casi de “curso legal”, que no nos preocupaban porque nos eran ajenas y lejanas. Los expertos las han puesto ante nuestra mirada (ya estaban a ojos vista, pero no las veíamos)y afectan a millones de personas en el mundo: en el 2019, 37,9 millones de personas han sido positivas al virus Hiv; desde el inicio de esta pandemia las personas sieropositivas son 74,9 millones y los muertos de SIDA 32 millones; en el 2018, 3,2 mil millones de personas vivían en áreas de riesgo de transmisión de la malaria, con 219 millones de casos clínicos y 435.000 muertos, 61 % niños menores de 5 años; en el mismo año 2018, 10 millones de personas enfermaron de tuberculosis con más de 1,3 millones de muertos, 11 % de menores. 
  No, es inmoral, que el fin de este período trágico (ojalá llegue pronto) nos pille des-convertidos, “como si nada”. Algo debe cambiar radicalmente en la humanidad, que deberá afrontar trasformaciones estructurales radicales en muchos ámbitos: sanitario, económico, social, político. En el plano antropológico y ético se necesita construir urgentemente un nuevo humanismo. Comencemos por nosotros mismos, por nuestra conversión. 

giovedì 23 aprile 2020

Armonía

De todo lo que dijo ayer el papa en el mensaje para el 50° de la jornada de la tierra me quedo con un concepto: armonía. Una hermosa palabra con múltiples aplicaciones en diferentes ámbitos de la realidad. 
El diccionario etimológico nos dice que la raíz ar que compone la palabra tiene el sentido de adherir, unir, disponer. Muchas palabras contienen tal raíz, como, por ejemplo, aritmética o arte. En todas ellas encontramos el mismo sentido de un conjunto proporcionado o concordante, de algo conectado. En el arte, tal proporcionalidad es la que produce la belleza. 
En el campo de las relaciones humanas, la armonía adquiere la connotación de “ir de acuerdo”, no necesariamente como algo superficial, sino en su significado más profundo. Por lo demás, “ir de acuerdo” no significa siempre pensar todos de la misma manera: se pueden tener ideas diferentes acerca de un determinado asunto sin, por ello, perder ese acuerdo esencial. Es más, yo diría que la capacidad de soportar esa diversidad de visiones es lo que revela, precisamente, la fortaleza del acuerdo. En definitiva, la armonía en las relaciones humanas se presenta como el acuerdo fundamental de lo diverso. La uniformidad, en efecto, no es armónica sino amorfa. La forma de las cosas la da la armonía, que consiste en la proporcionalidad de lo diverso. Por eso, el concepto de armonía encuentra, quizás, su máxima aplicación y expresión en el ámbito de la música. 
El papa cuando se refiere a la crisis ecológica habla, pues, de una falta de armonía. Y ha dicho con fuerza que hemos sido nosotros los que hemos destruido el designio armónico del Creador, con nuestra acción destructiva, depredadora, devastadora, motivada fundamentalmente por ciegos intereses económicos o hedonísticos. Esta desarmonía en relación con el ambiente natural pone de manifiesto otra todavía más grave, pues se sitúa en la raíz del problema. Se trata de esa desarmonía que anida en el corazón del hombre, una desarmonía antropológica. Es por eso por lo que el papa emérito Benedicto XVI abogada por una ecología integral que no se centrara únicamente en los problemas del ambiente, sino que, además, tuviera en cuenta la raíz antropológica del problema. Son las malas relaciones entre nosotros, la desarmonía social, la que provoca la desarmonía ambiental. En esto, hay problemáticas que quedan desatendidas porque no son políticamente correctas, como por ejemplo la contradicción entre un ecologismo radical que convive fácilmente con políticas ultrapermisivas en el campo del aborto o de la concepción del final de la vida. No cabe duda de que provocar un aborto es introducir un elemento de desarmonía en el universo de la corporeidad humana. En este sentido, los millones de abortos que se practican todos lo años en el mundo representan un gigantesco drama de ecología humana. 
La enfermedad es también una desarmonía: algo queda fuera de la proporcionalidad del cuerpo humano, algo no va de acuerdo con el sistema cuerpo y puede terminar con romperlo. Por eso cuando no estamos bien decimos: “estoy indispuesto”. Es como decir: he perdido la armonía corporal y no me siento bien. Sin embargo, esta falta de armonía física puede convivir en el hombre con esa otra armonía más honda que nos constituye como personas. Se puede sufrir (estar indispuestos, disarmónicos) en lo físico y conservar la armonía de la corporeidad personalizada que nos caracteriza. Sólo así me explico cómo algunas personas gravemente enfermas que he visitado últimamente trasmitían una belleza singular que me conmovía. 
La armonía, pues, no es ausencia de dolor. El sufrimiento puede hacernos lograr una nueva armonía ya sea en el interior de nuestra estructura personal, ya sea en las relaciones interpersonales. 

mercoledì 22 aprile 2020

Socialidad

En estas semanas de reclusión obligada, constato che las relaciones personales se hacen más intensas. No cabe duda de que la razón principal no es la reclusión misma, sino el drama que estamos viviendo como humanidad. Pero también es cierto que el tener una vida más concentrada desde el punto de vista espacial ayuda, de alguna manera, a la reflexión, al recuerdo de personas lejanas e incluso cercanas con las que queremos compartir lo que vamos viviendo. Además, cuando hacemos uso de los medios que la telemática pone a nuestra disposición para comunicarnos con los demás (en estos días prima sobre todo la aplicación zoom) parece como si el tiempo discurriera más despacio –o será que tenemos más tiempo. Es cierto que nos estamos ahorrando el de los desplazamientos que, en algunos casos, son notorios. En definitiva, si queremos estamos en las mejores condiciones posibles para ir a fondo en las relaciones, para hacerlas más fructuosas, para comunicar aquello que quedaba siempre en los rincones del alma. 
         Una de las experiencias más bonitas que se pueden vivir es sorprender a los otros con un contacto (llamada, correo) que no se esperan. Lo digo con conocimiento de causa. Cuando el ajetreo de las ocupaciones monopoliza los sentimientos y la voluntad, uno de esos contactos podría incluso disturbar. Ahora las cosas son distintas. Parece como si no tuviéramos otra cosa que hacer que atender a esa llamada. Por eso, no queremos desperdiciarla y la custodiamos con cariño. Al final, en el alma queda un regusto dulce que nos llena de alegría. Son momentos para revivir experiencias antiguas, para mentar a conocidos y amigos comunes, para actualizar la unidad de vida, para sentirnos próximos incluso a diez mil km de distancia,  y, como no, para darnos ánimos con respecto a lo que vendrá.
         Más comprometedor puede ser aprovechar ese tiempo aparentemente más dilatado (digo aparentemente porque en realidad no lo es, o no lo es del todo) para arreglar algo que en algún momento se ha torcido en las relaciones interpersonales. Estoy seguro de que a todos nos ha venido a la mente hacerlo. ¡Qué mejor ocasión! Aquí la enemiga mayor es la procrastinación, es decir, esa inveterada manía de encontrar motivos para posponer lo verdaderamente importante.  Hay que luchar contra ella, sobre todo porque hay ocasiones que no vuelven y es una pena haberlas dejado pasar. Nos arrepentiremos cuando sea ya demasiado tarde. 
  En fin, que en estos tiempos mi jornada está llena de los otros más que nunca, aunque viva entre cuatro paredes y cinco personas. Y doy gracias a Dios porque todos los contactos que he tenido –que son muchos– han sido todos significativos. Por todo esto, es verdad lo que dijo alguien: mientras estamos más solos, la socialidad ha aumentado. Hagamos posible que esto sea verdad para todos.